A finales del XVIII se creó el bolero, cuya supuesta paternidad es compartida por varios bailarines, si bien Serafín Estébanez Calderón atribuye su definitiva codificación al maestro murciano Requejo. La manera de bailar el bolero pasó a crear un estilo de baile, llamado escuela bolera, un auténtico compendio del baile popular español estilizado que, en la primera mitad del XIX entró en las academias de baile, con bailes como el polo, la tirana y el ole.
En 1815 es citado el jaleo en la obra teatral Los gitanos. En palabras de Felipe Pedrell era un baile animado aunque escrito en tono menor. Existían varios jaleos, siendo el más popular el jaelo de Jerez, que muchos famencólogos creen que es el antecesor directo de las bulerías y soleares, uno de los palos fundamentales del flamenco. Arcadio Larrea sostiene que la estilización académica de estos jaleos pudo dar lugar a la caña y el polo, cuyo éxito en la década de 1840 atestigua Estébanez Calderón. Cuando el jaleo llegó a los cafés cantantes, puede que se ralentizara, para propiciar una mayor exhibición de las dotes del cantaor, dando lugar al nacimiento de la soleá "para escuchar" tal y como se entiende hoy día.
En las ciudades de América donde había población esclava de origen africano, los cabildos o las cuadrillas de negros se reunían en lugares públicos, como en los arrabales de La Habana, donde se expresaban musicalmente. En la década de 1830 llegaron a Cádiz los sones y los pasos de los tangos de negros: fréneticos bailes de compás binario. Allí tuvieron un gran éxito, incorporándose a las fiestas gaditanas y a las letras de pliegos de cordel y de zarzuelas. El tango se constituyó como uno de los palos fundamentales del flamenco desde la época fundacional de los cafés cantantes. Asimismo el tanguillo se hizo el heredero de la polirritmia africana.
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